02 jun 2026

Doce días recorriendo Islandia: crónica de una expedición de turismo científico inolvidable

Doce días recorriendo Islandia: crónica de una expedición de turismo científico inolvidable

Doce días recorriendo Islandia: crónica de una expedición de turismo científico inolvidable

*Por Fernando Massa, cronista invitado

La ilusión llegó con un flyer donde se veía a cinco viajeros de espalda, parados sobre la nieve, observando un cielo azul oscuro, cortado por una estela verde iridiscente. Una aurora boreal en todo su esplendor. La imagen venía acompañada de una propuesta: una invitación a sumarme a una expedición de Turismo Científico en Islandia.

Cuando tuve más detalles del viaje, una pregunta despertó en mí una intensa curiosidad: ¿qué pasa cuando recorrés el país más geológicamente activo del planeta junto al director de un observatorio astronómico, un vulcanólogo, un astrofotógrafo y treinta argentinos dispuestos a entender el mundo desde sus cimientos?

La respuesta fueron doce días dando la vuelta completa a Islandia por la Ring Road —la ruta 1 que rodea toda la isla— como cronista invitado del Observatorio Astronómico Ampimpa, una institución argentina que organiza expediciones de turismo científico a los rincones más extraordinarios del planeta. La logística, impecable y en perfecto español, estuvo a cargo de Descubre Islandia, el operador turístico local que conoce la isla al detalle: desde cada ventana meteorológica que se abre para cazar una aurora, hasta los restaurantes que hay que visitar para disfrutar de la mejor gastronomía local.

Lo que encontré fue una Islandia auténtica. No la del folleto.


El sur y lo que hay más allá

El primer tramo recorrió el sur más fotografiado: el Círculo Dorado, con el géiser Strokkur disparando vapor al cielo como una olla a presión, la doble caída de Gullfoss originada en el deshielo del glaciar Langjökull, y el cráter Kerid, con su laguna turquesa hundida en tierra roja, producto de una subsidencia de hace 6500 años.

Después vino la costa sur. Las cascadas de Seljalandsfoss —que podés rodear completamente— y Skógafoss, donde el astrofotógrafo Enzo De Bernardini nos señaló algo que pocos turistas notan: si el sol está bien posicionado, no se forma solo un arcoíris sino el círculo completo. "Nunca lo había visto así", admitió.

La playa de arena negra de Reynisfjara, con sus columnas basálticas formadas por enfriamiento de lavas submarinas y sus olas traidoras que obligan a leer un semáforo antes de bajar. Y la Laguna Glaciar de Jökulsárlón: icebergs celestes flotando en un lago plomizo, algunos tan intensamente azules que el geólogo Iván Petrinovic los señalaba como los más antiguos. Después, esos mismos fragmentos de hielo llegaban al mar y se desperdigaban sobre la arena negra de Diamond Beach —la Playa de Diamantes—, como joyas tiradas por una mano gigante.

"Son las últimas oportunidades", dijo Petrinovic. El cambio climático está contrayendo el Vatnajökull, el glaciar más grande de Islandia, que ocupa casi el 10% de la superficie total del territorio.

El norte que pocos llegan a ver

Aquí es donde el viaje se separó definitivamente del turismo convencional.

Continuando por la Ring Road hacia el este y luego al norte, atravesamos los fiordos del este hasta llegar al lago Mývatn, rodeado de campos geotermales, formaciones rocosas de lava solidificada en formas imposibles (Dimmuborgir) y los baños naturales geotermales donde nos dimos un largo remojo bajo un cielo que prometía auroras. Visitamos la cascada Dettifoss —la más caudalosa de Europa— y el cañón Ásbyrgi, con su forma de herradura que la mitología nórdica atribuye a la pisada del caballo de ocho patas de Odín.

En Akureyri, la capital del norte, salimos a avistar ballenas en las frías aguas del fiordo. En el camino de regreso hacia Reikiavik, una última parada en el museo Glaumbaer, donde se conservan las casas de turba tradicionales islandesas: arquitectura hecha de tierra, pasto e ingenio para sobrevivir inviernos árticos.

La última noche: el portal verde

Las auroras boreales funcionan como un imán que ordena itinerarios y expectativas. Y no se garantizan: no tienen horarios, ni certezas. Solo probabilidades, paciencia y cielo despejado.

En nuestro caso, su aparición fue progresiva. Las primeras, tímidas, asomaron durante una noche estrellada en Höfn. Pero el espectáculo absoluto llegó la última noche. Jimmy Salinas, de Descubre Islandia, eligió el escenario perfecto: el Parque Nacional Thingvellir, a 45 minutos de Reikiavik, donde los senderos atraviesan grietas abiertas entre las placas tectónicas de América del Norte y Eurasia. Lejos de la ciudad, oscuridad absoluta, temperatura rozando el cero. Y un cielo abierto para la contemplación.

Una corona esmeralda se abrió sobre nuestras cabezas. Los haces de luz se multiplicaron y se recortaron detrás de los acantilados. De fondo, solo el rumor constante del agua y los clics de las cámaras. Una noche inolvidable.

Lo que hace diferente a este tipo de viaje

Una expedición de turismo científico no es un tour con charlas incluidas. Es un viaje donde cada paisaje tiene una explicación, y esa explicación lo vuelve todavía más impresionante. Saber que las columnas basálticas de Reynisfjara son perpendiculares a la superficie de enfriamiento de la lava no le quita magia a la playa: se la multiplica.

Descubre Islandia hizo posible una logística aceitada de doce días, doce destinos, treinta personas y condiciones climáticas impredecibles. Todo en español, con conocimiento local de cada ruta, cada hospedaje y cada ventana de cielo despejado. No organizaron un paquete. Construyeron una experiencia islandesa auténtica.

Y eso, en Islandia, marca toda la diferencia.


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