¡Hola!
Mi nombre es Fernando Massa. Vivo en la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, a más de 11.000 km de Islandia. Soy periodista y guionista. En la escritura encontré el lugar donde se cruzan mi mirada sobre el mundo y mi vocación por contar historias. Desarrollo proyectos de guión y también soy docente, espacios en los que sigo explorando nuevas formas de narrar. Pero mi territorio natural son las crónicas, y especialmente las de viaje: relatos donde la experiencia se vuelve historia.
A lo largo de estos años, conocí distintos rincones del mundo (¡incluida la Antártida!), pero hay un destino que marcó un antes y un después en mi vida: Islandia. Desde entonces, una postal con su mapa me acompaña todos los días en mi escritorio, como un recordatorio de lo maravilloso que puede ser este planeta y la intención de nunca dejar de explorarlo.
Hay viajes que se planean alrededor de una atracción natural, de una ciudad o de la gastronomía local. Y hay otros que se construyen alrededor de un fenómeno. En Islandia, las auroras boreales funcionan como ese imán que ordena itinerarios, expectativas y hasta estados de ánimo. Porque, claro, no es algo que se pueda garantizar: no hay horarios, ni certezas. Solo probabilidades, paciencia y, algo clave, el cielo despejado. Quizá por eso, más que una atracción, son una experiencia. Y una experiencia que no se olvida jamás.
En mi caso, el espectáculo con todo su esplendor se hizo esperar. Llegó recién la última noche de un viaje de doce días.
La noche mágica
Las previsiones meteorológicas marcaban un índice alto para esa noche de mediados de septiembre. Así lo confirmó Jimmy Salinas, de Descubre Islandia, nuestro guía de esa noche mágica. Él ya había elegido el escenario perfecto para ir a la caza de las auroras: el Parque Nacional Thingvellir, a unos 45 minutos de Reikiavik. Un lugar de por sí imponente, con caminos que atraviesan grietas y fisuras abiertas en la roca volcánica, con pasarelas que bordean ríos y cascadas, y donde se filmaron escenas de la cuarta temporada de Game of Thrones.
Lejos de la ciudad, la oscuridad era absoluta. La temperatura rozaba el bajo cero.
Y de pronto, el cielo.
Primero tímido. Un verde iridiscente que aparecía, se apagaba, volvía. Después más decidido: destellos que se extendían, se desplazaban, como si alguien estuviera pintando en tiempo real. “Wow”, se repetía en el grupo. “Nooo, mirá eso”. En un momento, una especie de corona esmeralda se abrió sobre nuestras cabezas, como un portal. Los haces de luz se multiplicaron y se recortaron detrás de los acantilados. De fondo, sólo se escuchaba el rumor constante del agua y los clics de las cámaras fotográficas.
El show duró unos veinte minutos. Se apagó. Y, al rato, volvió a empezar.
“Las auroras son como un atardecer –me dijo Jimmy–. Siempre son distintas, siempre cambian. Solo hay que tener paciencia, esperarlas”.
Lo que más me impactó de las auroras boreales fue su dinamismo. Ver cómo en segundos se encienden, se apagan, se desplazan, vuelven a aparecer. Es un fenómeno vivo. Y en ese movimiento constante, hay algo hipnótico.
Ya de madrugada, cuando muchos ya habían subido al ómnibus a la espera del regreso, decidí alejarme un poco. Quería estar solo. Con la cámara, con un poco de viento, mirando hacia el norte. La Osa Mayor bien definida, y una tenue aurora formándose de a ratos. Fue un momento de contemplación absoluta. Esos momentos inolvidables.
Me fui lleno. Con la consciencia de haber vivido algo extraordinario.
¿Qué son las auroras boreales?
Me acuerdo que la primera vez que vi una aurora boreal fue hace muchos años en una película española que se llama Los amantes del círculo polar. Hay una escena memorable donde la pareja contempla una aurora verde brillante que surca el cielo.
En ese momento nunca me imaginé que las vería con mis propios ojos ni que llegaría a entender científicamente qué son y por qué se originan.
Digamos que, en esencia, las auroras boreales son la manifestación visible del llamado clima espacial. Se producen cuando partículas provenientes del Sol viajan por el espacio y alcanzan la Tierra.
Nuestro planeta está protegido por la magnetósfera, un escudo de campos magnéticos que desvía gran parte de ese viento solar. Sin embargo, en las regiones cercanas a los polos, estas partículas logran penetrar y chocar contra la atmósfera, específicamente en la ionósfera, entre los 40 y 120 kilómetros de altura.
Cuando esto pasa, los átomos presentes —principalmente oxígeno y nitrógeno— se excitan y liberan energía en forma de luz. Esa luz es lo que vi: la aurora.
El color, que puede ir cambiando, depende del tipo de átomo y de la altitud: el verde, el más común, proviene del oxígeno; los tonos rojos, azules o violetas, del nitrógeno.
La intensidad y frecuencia de las auroras también están ligadas al ciclo de actividad solar. En momentos de mayor actividad, las probabilidades aumentan. Aun así, hay dos condiciones que a mí se me dieron esa noche en el parque Thingvellir: oscuridad y cielo despejado.
Por eso el invierno en Islandia es ideal para encontrar auroras boreales. Y está bueno tener a mano en el celular aplicaciones que permiten seguir la actividad solar y anticipar posibles apariciones.
Un universo de leyendas
En Islandia, cada fenómeno natural tiene su propia leyenda. Durante siglos, las auroras boreales fueron interpretadas como señales, advertencias o presencias. Espíritus danzando en el cielo. La cola luminosa de un zorro ártico cruzando la nieve. Promesas de pesca o presagios de tormenta.
Hoy sabemos exactamente cómo se producen. Podemos medirlas, predecirlas, fotografiarlas. Y, sin embargo, cuando aparecen, algo de esa magia permanece intacta.
Quizá porque Islandia no se puede reducir a una explicación. Y las auroras son solo una puerta de entrada a un universo único en el planeta.
